
El logo del viaje es una cruz con Cristo en el centro de todo, de la cruz y del banquete al que están llmados todos los pueblos de la tierra. En la cruz se representa a Dios uno y trino, creador y reconciliador. En la base unas manos sostienen el universo y detrás, un viñedo y una vid que simbolizan a Cristo y al pueblo de Dios. En tres lugares está representada una paloma, símbolo del Espíritu Santo: la certeza de que la obra de salvación de Dios sigue manifestando su potencia en todo tiempo y situación, según la promesa divina. Una fuente bautismal es el agua viva que regenera al ser humano y lo incorpora al cuerpo de Cristo en la comunión de los santos.
Durante el viaje de Roma a Lund, el Santo Padre saludó a los periodistas que lo acompañaban en el avión, dándoles las gracias por su trabajo. “Este es un viaje importante –dijo- porque es un viaje eclesial, muy eclesial en el ámbito ecuménico. Vuestro trabajo contribuirá mucho a que las personas lo entiendan”.
A su llegada a Suecia el Santo Padre fue acogido por el primer ministro Stefan Löfven y por la ministra de la Cultura y la Democracia Alice Bah-Kuhnke, en presencia de algunas autoridades del Estado y miembros de la Federación Luterana Mundial, junto con los del séquito papal. Después de un breve encuentro en privado con ambos ministros, se trasladó a la residencia papal en Igelösa donde almorzó de forma privada.
Después, fue en automóvil al Palacio Real (Kunghuset) de Lund donde efectuó una visita de cortesía a los reyes de Suecia Carlos Gustavo XVI y Silvia . El Papa regaló a los monarcas un grabado conmemorativo del Jubileo que representa las “siete iglesias” de Roma, meta de la devoción popular, y en cuya parte inferior hay una alegoría de las obras de misericordia, vinculadas alegóricamente con motivos arquitectónicos.
Después del encuentro, recorrió a pie junto con los reyes el breve trayecto hasta la catedral donde tuvo lugar la oración ecuménica común junto con la Federación Luterana Mundial.
La Federación Luterana Mundial se instituyó en Lund en 1947 y es una comunión de Iglesias, exactamente 145, presentes en 98 países y 74 millones de fieles. Las Iglesias están agrupadas en 7 regiones cuyos delegados participan en la Asamblea, el órgano supremo de la Federación. La Presidencia, la Secretaría General, la Oficina de Comunión y el Consejo tienen sede en Ginebra y su actividad se articula en tres directrices estratégicas: teología y diálogo, evangelización y compromiso humanitario.
La elección de Lund como lugar de la oración ecuménica común entre la Iglesia Católica y la Federación Luterana Mundial se debe a varios motivos: allí se fundó la Federación que celebrará su 70 aniversario el próximo año. El 31 de octubre recuerda, además, el “dia de la Reforma” fecha en que, según la tradición Martin Lutero puso sus 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittemberg en 1517. El encuentro de Lund se vincula de esta manera con el aniversario de la Reforma que las Iglesias luteranas conmemorarán en todo el mundo en 2017, cuando se cumplen los 50 años del diálogo católico-luterano comenzado en 1967.
Esperaban al Papa en la entrada principal de la catedral el primado de la Iglesia de Suecia, arzobispo Antje Jackelén y el obispo católico de Estocolmo Anders Arborelius a los cuales se unió para proseguir en procesión hacia el altar mayor. Después de los cantos y las lecturas, el obispo Munib Younan, presidente de la Federación Luterana Mundial pronunció una homilía, a la que siguió la del Santo Padre que reproducimos a continuación:
Sin Cristo nada somos
En su homilía, el papa Francisco destacó que católicos y luteranos tienen el deseo común de permanecer unidos a Cristo para tener vida, y agradeció por el esfuerzo de “tantos hermanos nuestros, de diferentes comunidades eclesiales, que no se resignaron a la división, sino que mantuvieron viva la esperanza de la reconciliación entre todos los que creen en el único Señor”.
Más adelante añadió que “católicos y luteranos hemos empezado a caminar juntos por el camino de la reconciliación. Ahora, en el contexto de la conmemoración común de la Reforma de 1517, tenemos una nueva oportunidad para acoger un camino común, que ha ido conformándose durante los últimos 50 años en el diálogo ecuménico entre la Federación Luterana Mundial y la Iglesia Católica. No podemos resignarnos a la división y al distanciamiento que la separación ha producido entre nosotros. Tenemos la oportunidad de reparar un momento crucial de nuestra historia, superando controversias y malentendidos que a menudo han impedido que nos comprendiéramos unos a otros”.
Y añadió: “También nosotros debemos mirar con amor y honestidad a nuestro pasado y reconocer el error y pedir perdón: solamente Dios es el juez. Se tiene que reconocer con la misma honestidad y amor que nuestra división se alejaba de la intuición originaria del pueblo de Dios, que anhela naturalmente estar unido, y ha sido perpetuada históricamente por hombres de poder de este mundo más que por la voluntad del pueblo fiel, que siempre y en todo lugar necesita estar guiado con seguridad y ternura por su Buen Pastor. Sin embargo, había una voluntad sincera por ambas partes de profesar y defender la verdadera fe, pero también somos conscientes que nos hemos encerrado en nosotros mismos por temor o prejuicios a la fe que los demás profesan con un acento y un lenguaje diferente”.
Agregó el Pontífice que la separación ha sido una fuente inmensa de sufrimientos e incomprensiones; “pero también nos ha llevado a caer sinceramente en la cuenta de que sin Él no podemos hacer nada, dándonos la posibilidad de entender mejor algunos aspectos de nuestra fe. Con gratitud reconocemos que la Reforma ha contribuido a dar mayor centralidad a la Sagrada Escritura en la vida de la Iglesia”.
“La experiencia espiritual de Martín Lutero nos interpela y nos recuerda que no podemos hacer nada sin Dios. «¿Cómo puedo tener un Dios misericordioso?». Esa es la pregunta que perseguía constantemente a Lutero. En efecto, la cuestión de la justa relación con Dios es la cuestión decisiva de la vida. Como se sabe, Lutero encontró a ese Dios misericordioso en la Buena Nueva de Jesús encarnado, muerto y resucitado (…) Los cristianos seremos testimonio creíble de la misericordia en la medida en que el perdón, la renovación y reconciliación sean una experiencia cotidiana entre nosotros. Juntos podemos anunciar y manifestar de manera concreta y con alegría la misericordia de Dios, defendiendo y sirviendo la dignidad de cada persona. Sin este servicio al mundo y en el mundo, la fe cristiana es incompleta”.
Y concluyó diciendo: “Luteranos y católicos rezamos juntos en esta Catedral y somos conscientes de que sin Dios no podemos hacer nada; pedimos su auxilio para que seamos miembros vivos unidos a él, siempre necesitados de su gracia para poder llevar juntos su Palabra al mundo, que está necesitado de su ternura y su misericordia”.
Fuente: Servicio Informativo Vaticano

