Domingo 16 de Noviembre

Un apoyo para hacer la Lectio Divina del Evangelio del Domingo

XXXIII Domingo del Tiempo Ordinario – Noviembre 16 de 2014

Vivir como discípulos de Jesús el tiempo de la espera (II):

Como los siervos que “hacen” lo que haría su patrón

San Mateo 25, 14-30

“Toda la palabra que tiene el timbre real de Dios y la imagen de su Verbo, es un auténtico tesoro”

(Orígenes)

“El que había recibido cinco talentos

se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco”

 “Te he confesado hasta el fin con firmeza y sin rubor.

No he puesto nunca, Señor, la luz bajo el celemín.

Me cercaron con rigor angustias y sufrimientos,

pero en mis desalientos vencí, Señor, con ahínco.

Me diste cinco talentos y te devuelvo otros cinco”.

(José Mª Pemán, “El divino impaciente”)

Introducción

 Seguimos leyendo el capítulo 25 de Mateo, el cual contiene tres grandes parábolas. La parábola de las vírgenes (25,1-13), la parábola de los talentos (25,14-30) y la parábola del juicio final (25,31-46), colocan la vida del discípulo en el horizonte del destino final, señalan lo que espera que “haga” un discípulo de Jesús a lo largo de la historia, que es el tiempo de la “espera” de la Venida del Señor.

 Nos ocupa hoy la parábola de los talentos (25,14-30). Toda ella está construida a partir del tipo de relaciones que se establecen entre un patrón y sus tres siervos. Un discípulo se define como un “servidor”. Pero, ¿qué se espera que haga el “servidor”? ¿Qué tan importante puede ser lo haga o lo que deje de hacer? ¿Cuál es el destino del “servidor” fiel?

Un sencillo estudio bíblico nos permitirá descubrir las respuestas y explorar las riquezas de un pasaje muy diciente para nuestra vida actual como “discípulos” de Jesús y para nuestra sociedad contemporánea durante este tiempo de la historia que es tiempo de “espera”. Como en la parábola de las 10 vírgenes, también aquí nos encontramos ante la exigencia de una preparación cuidadosa y responsable de la Venida del Señor

Primera aproximación al texto

La imagen de fondo: el patrón y sus siervos

La historia es simple: un hacendado que, al ausentarse, le encarga grandes cantidades de dinero sus siervos.

Aunque para nuestra sensibilidad contemporánea suena mal, se trata de un patrón y sus tres esclavos (en griego: “douloi”).

El patrón es un comerciante poderoso, esto se ve en las grades cantidades de dinero que deja. De repente se va a hacia una nueva aventura comercial.

  • No debe extrañarnos el patrón le tenga tanta confianza a tres de sus esclavos. Conocemos varias historias del mundo grecorromano donde hay esclavos con altas responsabilidades dentro de una casa: en la administración económica y en lo político. Paradójicamente, algunos de ellos lograban alto estatus social.

El hecho de que la parábola se refiera a las relaciones de un patrón con sus siervos, en principio puede sonar chocante. Con todo, la idea que se quiere transmitir es muy bella: somos servidores del Señor. El hecho de que esta relación con el Señor se presente en términos de “doulos” es diciente: le pertenecemos al Señor, pero esta pertenencia no es de dominación, él confía en nosotros, nos ve como prolongación de él mismo, capaces de hacer lo que él haría en el presente y aptos para compartir plenamente su vida en el futuro. La confianza es tan grande, que el Señor entrega sus propios bienes y no está ahí para vigilar ni decir en todo instante lo que hay que hacer; él cree en la buena conciencia, en la madurez y en las habilidades de sus servidores.

Aparece así el tema bíblico de la “creaturalidad”. Somos criaturas de Dios, por tanto nuestra vida se hace plenamente tal en la comunión con aquel de quien proviene todo lo que somos y tenemos. Todo lo que somos y tenemos lo hemos recibido. No nos dimos la vida ni tampoco nos daremos el destino final: todo es gracia. Incluso nuestras capacidades vienen de Él y es en el uso de ellas que nos jugaremos la realización plena de nuestra vida, una plenitud sobre la que Dios tiene la última palabra.

Sobre esta base se sitúa el tema de la “responsabilidad”. Es lo que vamos a ver enseguida explanado en forma de narración.

El texto y su estructura

 Jesús dijo a sus discípulos esta parábola:

El Reino de los Cielos es como un hombre que, al salir de viaje, llamó a sus servidores y les confió sus bienes. A uno le dio cinco talentos, a otro dos, y uno solo a un tercero, a cada uno según su capacidad; y después partió.

En seguida, el que había recibido cinco talentos fue a negociar con ellos y ganó otros cinco. De la misma manera, el que recibió dos ganó otros dos; pero el que recibió uno solo hizo un pozo y enterró el dinero de su señor.

Después de un largo tiempo, llegó el señor y arregló las cuentas con sus servidores. El que había recibido los cinco talentos se adelantó y le presento otros cinco. «Señor, le dijo, me has confiado cinco talentos: aquí están los otros cinco que he ganado». «Está bien, servidor bueno y fiel, le dijo su señor; ya que respondiste fielmente en lo poco, te encargaré de mucho más: entra a participar del gozo de tu señor».

Llegó luego el que había recibido dos talentos y le dijo: «Señor, me has confiado dos talentos: aquí están los otros dos que he ganado». «Está bien, servidor bueno y fiel; y  que respondiste fielmente en lo poco, te encargare de mucho mas: entra a participar del gozo de tu señor».

Llegó luego el que había recibido un solo talento. «Señor, le dijo, sé que eres un hombre exigente: cosechas donde no has sembrado y recoges donde no has esparcido. Por eso tuve miedo y fui a enterrar tu talento: ¡aquí tienes lo tuyo!» Pero el señor le respondió: «Servidor malo y perezoso, si sabías que cosecho donde no he sembrado y recojo donde no he esparcido, tendrías que haber colocado el dinero en el banco, y así, a mi regreso, lo hubiera recuperado con intereses. Quítenle el talento para dárselo al que tiene diez, porque a quien tiene, se le dará y tendrá de más, pero al que no tiene, se le quitará aun lo que tiene. Echen afuera, a las tinieblas, a este servidor inútil; allí habrá llanto y rechinar de dientes».

 El texto tiene tres escenas. En cada una de ellas hay dos partes. Leamos el pasaje, con todas sus palabras, observando detenidamente la estructura:

Primera escena: el patrón le confía su propiedad a tres de sus esclavos (25,14-15a)

a) El patrón llama a los esclavos (25,14)

14[El Reino de los cielos] Es también como un hombre que, al ausentarse, llamó a sus siervos y les encomendó su hacienda…”

b) El patrón le confía cantidades de dinero a sus esclavos (25,15a)

Al primero: “A uno dio cinco talentos…”

  • Al segundo: “A otro dos…”
  • Al tercero: “Y a otro uno…”

Con un criterio:

“…A cada cual según su capacidad”

Segunda escena: los esclavos sacan adelante sus negocios (25,15b-18)

a) El patrón se va (25,15b): “Y se ausentó

b) Los esclavos entran en acción (25,16-18)

El primero (25,16): Enseguida, el que había recibido cinco talentos se puso a negociar con ellos y ganó otros cinco”

  • El segundo (25,17): Igualmente el que había recibido dos ganó otros dos”
  • El tercero (25,18): “En cambio el que había recibido uno se fue, cavó un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor”

Tercera escena: el patrón pide cuentas (25,19-30)

a) El patrón regresa (25,19): “Al cabo de mucho tiempo, vuelve el señor de aquellos siervos y ajusta cuentas con ellos”

  1. b) Los esclavos hacen rendición de cuentas (25,20-30)

Declaración del siervo que duplicó los cinco talentos y recompensa por parte del patrón (25,20-21):

20Llegándose el que había recibido cinco talentos, presentó otros cinco, diciendo:

‘Señor, cinco talentos me entregaste; aquí tienes otros cinco que he ganado’.

21Su señor le dijo:

‘¡Bien, siervo bueno y fiel!;en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré;entra en el gozo de tu señor’”.

Declaración del siervo que duplicó los dos talentos y recompensa por parte del patrón (25,22-23):

22 Llegándose también el de los dos talentos dijo:

‘Señor, dos talentos me entregaste;aquí tienes otros dos que he ganado’. 23Su  señor le dijo:

‘¡Bien, siervo bueno y fiel!;

en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré;

entra en el gozo de tu señor’”.

Declaración-excusa del que recibió un solo talento y castigo por parte del patrón (25,24-30):

24 Llegándose también el que había recibido un talento dijo:

‘Señor, sé que eres un hombre duro, que cosechas donde no sembraste

y recoges donde no esparciste.

25Por eso me dio miedo, y fui y escondí en tierra tu talento.

Mira, aquí tienes lo que es tuyo’.

26Mas su señor le respondió:

‘Siervo malo y perezoso,sabías que yo cosecho donde no sembré

y recojo donde no esparcí;27debías, pues, haber entregado mi dinero a los banqueros, y así, al volver yo, habría cobrado lo mío con los intereses.

28Quitadle, por tanto, su talento y dádselo al que tiene los diez talentos.

29Porque a todo el que tiene, se le dará y le sobrará; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará.

30Y a ese siervo inútil, echadle a las tinieblas de fuera. Allí será el llanto y el rechinar de dientes’.”

 Cinco observaciones sobre la estructura del pasaje

Volviendo sobre el texto y su estructura, pongamos de relieve algunas características:

(1) El manejo del tiempo en la parábola nos permite ver sus grandes partes. Notablemente, la segunda y la tercera escena tienen al principio indicaciones temporales: “Enseguida” (25,16) y “Al cabo de mucho tiempo” (25,19).

(2) La parábola está construida sobre series de tríadas: tres escenas, en tres actos los tres siervos “reciben”, en tres actos los tres siervos “hacen” algo con lo recibido, en tres actos los tres siervos dan cuentas.

(3) La parábola utiliza muchos paralelismos: por semejanza y finalmente por ontraposición.

(4) Puesto que cada escena y, finalmente toda la historia, termina con la presentación del siervo “malo y perezoso”, podemos pensar que ahí está el énfasis: se trata de una advertencia para quien se comporta de esta manera. Esto se ve reforzado por el hecho de las palabras finales sobre el castigo del tercer siervo, quien además es llamado “inútil”, sean tan extensas. Tenemos, entonces, una exhortación que quiere sacudirnos para que no orientemos nuestra vida en esa dirección.

(5) Claro está, los elementos positivos también se dejan ver: los siervos “buenos y fieles” son felicitados y recompensados. Su mayor recompensa no serán solamente los nuevos talentos sino el hecho de lograr el máximo en la relación con el patrón: “entra en el gozo de tu señor” (25,21.23).

Cinco lecciones sobre el discipulado

En una primera ojeada de la parábola podemos ver las primeras lecciones:

(1) En cuanto “siervos”, los discípulos de Jesús no son personas independientes, que todo lo determinan únicamente según su libre arbitrio, por el contrario: están obligados a rendir cuentas.

(2) Los discípulos de Jesús tienen conciencia de que todo lo que tienen es un bien que le ha sido dado. Lo recibido es un encargo, una responsabilidad.

(3) Los discípulos “buenos y fieles” son aquellos que sacan adelante lo recibido en el sentido querido por Jesús.

(4) De lo que cada discípulo “haga” depende la realización de su vida, el logro de la plenitud de su existencia que es la comunión total y definitiva con su Señor.

(5) Pueden darse dos tipos de discípulo. El comportamiento y el destino de los servidores “buenos y fieles”, ilustra al discípulo ideal, el que sabe gestionar su vida. Por otra parte, el comportamiento y el destino del servidor “malo y perezoso” se convierte en una advertencia: por ser así su vida termina en la ruina total. Esta visión del discipulado está propuesta para que nos evaluemos y tomemos las decisiones pertinentes: hacia dónde y cómo debemos orientar nuestra vida.

Ocho elementos alegóricos

Muchos intérpretes ven en este pasaje mucho más que una parábola, ven una “alegoría”, esto es, un tipo de relato construido sobre símiles, donde cada elemento es significativo, se puede traducir. Se pueden ver ocho elementos alegóricos:

(1)  El patrón = Jesús.

(2)  Los esclavos = la Iglesia, cuyos miembros han recibido diversas responsabilidades.

(3)  El marcharse del patrón = la partida del Jesús terreno.

(4)  El largo tiempo de la ausencia = el tiempo de la Iglesia.

(5)  Su regreso = la segunda venida (parusía) del hijo del hombre.

(6)  La recompensa a los buenos servidores = la recompensa celestial dada en gran cantidad a los servidores fieles.

(7)  El gozo de su señor = el banquete mesiánico al final de los tiempos.

(8) El castigo al siervo malo = aquellos que, dentro de la Iglesia, por causa de sus omisiones se condenan a sí mismos a las tinieblas.

  • Profundización

Teniendo en cuenta los datos que hemos visto en la primera aproximación, sumerjámonos de nuevo en el pasaje siguiéndole el hilo a su desarrollo interno.

La primera escena: el patrón le confía su propiedad a tres de sus siervos (25,14-15a)

(1) El patrón llama a sus siervos (25,14)

(2) El patrón le confía cantidades de dinero a sus siervos (25,15a)

– Cinco talentos para el primero

– Dos talentos para el segundo

– Un talento para el tercero

Se trata de una parábola sobre el “Reino de los cielos”. La primera línea no lo dice expresamente, pero la formula inicial “es también” nos remite al comienzo del capítulo, donde leemos: “El Reino de los cielos será semejante a…” (25,1). Este dato es importante porque es clave de lectura: la parábola quiere ayudarnos a pensar según la lógica del “Reino”, que es la obra de Jesús que ha irrumpido aquí y se consumará en la parusía: “Venga a nosotros tu Reino” (6,10). Este “Reino” ha sido puesto en nuestras manos, es nuestro “tesoro”, no se puede permanecer indiferente ante él.

Al ausentarse”. Desde el principio se habla de la “ausencia” del patrón. Este parece ser el motivo de todos los sucesos narrados. Como ya se dijo, es una alusión una dimensión fundamental de la vida cristiana: la tensión hacia la venida del Señor (parusía). El regreso no tiene fecha fija. ¿Cuál es el rol de los cristianos en el mundo en este “mientras tanto”?

Les encomendó la hacienda”. En la parábola de las diez vírgenes la tarea era “vigilar” (25,13), en esta otra parábola es el asumir la responsabilidad de la hacienda del patrón. Se acentúa el “entregar” por parte del patrón y el “recibir” por parte de los siervos. Lo curioso es que el patrón no da instrucciones (a diferencia de Lc 19,13, donde se les encarga “negociar”). Él deja abiertas las posibilidades.

El relato nos pasea en medio de cifras exorbitantes. Lo entregado es el equivalente de un gran tesoro que está calculado en “talentos”. Hoy es muy difícil decirlo con matemática exactitud, pero si nos podemos aproximar: un solo “talento” ya es una gran fortuna, era en oro o plata, y su peso oscilaba entre los 25 y los 35 kilos (¡un solo talento!).

Otra forma, para hacernos una idea de cuánto dinero se trata, es seguir el cálculo salarial. Sabemos que un talento equivalía a unos 6.000 denarios. Un “denario” es lo que normalmente gana un trabajador de campo por una jornada (ver 20,1-16). ¿Cuánto gana Usted en un día de trabajo? Ahora multiplíquelo por 6.000. Eso es un talento. El que menos recibió, no recibió poco.

Los tres siervos recibieron esto:

  • 5 talentos = 30.000 denarios aproximadamente;
  • 2 talentos = 12.000 denarios aproximadamente;
  • 1 talento = 6.000 denarios aproximadamente.

Es para sorprenderse: es una manera de hablar de la grandeza de los dones de Dios a su pueblo.

La entrega de los talentos se guió por un criterio: “A cada cual según su capacidad”. Desde el punto de vista de los siervos vemos cómo cada uno se le reconocen sus habilidades. Desde el punto de vista de Dios, la idea es esta: los dones de Dios son variados, pero siempre generosos, no importa cuales sean.

Al respecto tanto Pablo como Pedro nos dan lecciones:

En el plano de la fe: “Tened una sobria estima según la medida de la fe que otorgó Dios a cada cual… Pero teniendo dones diferentes, según la gracia que nos ha sido dada…” (Romanos 12,3.6).

  • En el plano del servicio: “Que cada cual ponga la servicio de los demás la gracia que ha recibido, como buenos administradores de las diversas gracias de Dios” (1 Pedro 4,10).

La segunda escena: los siervos sacan adelante sus negocios (25,15b-18)

(1) El patrón se va (25,15b)

(2) Los siervos entran en acción (25,16-18)

– Se duplican los cinco talentos (25,16)

– Se duplican los dos talentos (25,17)

– El que tiene un talento lo entierra (25,18)

 

Y se ausentó”. El patrón se va lejos a hacer nuevos negocios dejando su fortuna en manos de sus servidores. No se prevé cuándo regresará, lo que sí es claro  es que vendrá de nuevo.

Se puso a negociar”. Los dos primeros servidores se comportan de la misma manera: no dejan inactiva la fortuna sino que la duplican.

De lógica, se espera que el tercer siervo sea capaz de duplicar el único talento. Pero no sucede así. Veamos sus acciones: “se fue” (=alejarse), “cavó un hoyo en la tierra” y “escondió el dinero”. Se trata de la creación de una guaca. Se intuye el sentido de responsabilidad de este siervo frente al “tesoro”: pone el dinero en un espacio seguro, fuera del alcance de los ladrones. Esto parecía ser una costumbre en la época (de ahí que no sea extraño  lo que sucede con otra parábola, la de 13,44, el “tesoro escondido en la tierra”).

El tercer siervo hace algo que en principio es correcto, pero olvida un detalle: él debía tener sentido de pertenencia y haber tratado el tesoro como lo hubiera hecho el patrón. Esto ya se había enseñado antes: el siervo debe ser como el patrón (ver 10,24-25).

Los dos primeros siervos habían procedido interpretando el querer del patrón: se sometieron a sus objetivos y defendieron sus intereses. Y este proceder resultó en fruto abundante.

La tercera escena: el patrón pide cuentas (25,19-30)

(1) El patrón regresa (25,19)

(2) Los siervos hacen rendición de cuentas (25,20-30)

– Recompensa para el que duplicó los cinco talentos (25,20-21)

– Recompensa para el que duplicó los dos talentos (25,22-23)

– Castigo para el que enterró su talento (25,24-30)

Toda la parábola apunta a esta última escena. Esta es completamente sorprendente. Quiere decir, a propósito de la parusía, cuando Cristo regrese, la pregunta será: “¿qué has estado haciendo?”. No será suficiente dar las cuentas exactas de lo recibido, como si el problema fuera cuantitativo, sino si el comportamiento se inspiró en lo que haría el patrón: una cuestión cualitativa.

Después de largo tiempo… vuelve el señor… ajusta cuentas con ellos”. Comienza la rendición de cuentas.

Los siervos “buenos y fieles”

Los dos primeros siervos hablan de forma casi idéntica y reciben una respuesta similar. Vale detenerse en las palabras de felicitación del patrón:

(1) “¡Bien, siervo bueno y fiel!” (25,21.23).

  • Siervo bueno” es aquel que acepta plenamente su posición y se pone al servicio de su patrón; no se apoya en sus propias ideas ni en sus variables estados de ánimo, no se mantiene a distancia del patrón sino que se identifica con sus búsquedas e intereses.
  • Siervo fiel” es aquel se ocupa con mucha premura y con plena conciencia de aquello que ha recibido.

(2) “¡En lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré!” (25,21.23). Es tipo de contrates ya lo hemos visto antes en Mateo (por ejemplo: “mucha mies” / “pocos obreros”, en 9,37; “muchos llamados” / “pocos escogidos”, en 22,14). La idea es que se incrementa la confianza (y por lo tanto la responsabilidad): todo el que haya incrementado sus talentos recibirá más. Esto se comprende en el plano de la sabiduría (la sensatez), como lo dice Proverbios 9,9: “Da al sabio, y se hará más sabio todavía; enseña al justo, y crecerá su doctrina”.

(3) “¡Entra en el gozo de tu señor!” (25,21.23). Se le invita a entrar en el banquete mesiánico (ver la parábola de las vírgenes; 25 1-13). El discípulo y su Señor se alegran juntos, en la máxima expresión festiva (quizás como un banquete de bodas). El discípulo es llamado a la felicidad plena: al principio se le había invitado a “entrar en el Reino” (5,20; 7,21; 18,3), luego se le invitó a “entrar en la vida” (18,8-9; 19,16), ahora se le invita a “entrar en el gozo”. Las tres invitaciones son equivalentes: plenitud de vida y felicidad sin límites. El patrón tampoco mantiene distancia de sus siervos: los acoge en su ámbito de vida, en su felicidad perfecta.

Ambos siervos reciben la misma recompensa: muestra que lo que es valorado no la cantidad que ellos rinden sino el hecho de la fidelidad en la tarea encomendada: su compromiso total. El servicio del Señor es el camino para lograr la plenitud.

El “siervo malo y perezoso” e “inútil”

El tercer siervo parece esperar que lo feliciten por su precaución, quizás por la virtud de la “prudencia”: guardó astutamente el dinero. Sin embargo el patrón lo ve como un perezoso.

Las palabras del Siervo

 En su rendición de cuentas, que termina con la frase “Mira, aquí tienes lo que es tuyo”, antepone una larga justificativa de su comportamiento:

Lo llama “Señor”. Esta manera de comenzar nos remite a la ironía que se escuchó en el Sermón de la montaña: se le llama “Señor, Señor”, pero no se “hace” su voluntad (ver 7,21-23).

  • Sé que eres un hombre duro, que…”. En la práctica el siervo está regañando a su patrón, para ello le cita las palabras de juicio de Miqueas 6,15: “Sembrarás pero no segarás”. Este siervo, por una parte se reconoce dependiente de él, pero por otra le deja entender que no le tiene confianza. Para este siervo la dependencia del patrón es una dominación, una dura opresión, y por eso lo acusa de abusivo:

que pide más de la cuenta, que hace trabajar a los otros para sí y que vive a costas de ellos.

Con base en ello se auto-acusa de “miedo”. Esto parece explicar todo: se comporta como alguien que siente una gran distancia –de corazón, de comunión de voluntad– con su patrón. Es el miedo paralizante que inactiva el servicio: el talento se queda escondido.

Aquí tienes…”. Con estas palabras se declara que no se ha comprendido el tipo de relación que el patrón esperaba: “lo que es tuyo”; el siervo nunca lo sintió “suyo”. Por eso hace la devolución de lo recibido, tal cual, inutilizado.

Es importante tener en cuenta lo anterior. Algunos sacan la moraleja de la parábola como una invitación a la acción, pero esto no corresponde al texto, porque el siervo “malo” sí actuó; otros la aplican como una invitación a asumir riesgos, lo cual tampoco es exacto, porque el siervo “malo” sí los corrió. El problema de fondo es el tipo de relación que sostiene el servidor con su Señor: cómo lo ve a él, cómo se ve a sí mismo, cómo interpreta lo que tiene que hacer.

Las palabras del patrón

Quizás el siervo espera al menos un agradecimiento por reintegrar completo el dinero confiado. Pero no es así.

La reacción del patrón es adversa: ve la actuación de su siervo desde otro punto de vista y en lugar de la recompensa le aplica un castigo.

Otro punto de vista: El siervo había dado la explicación del “miedo”, pero ahora el diagnóstico del patrón es otro: la “pereza”. Inicialmente se le dice: “malo y perezoso” (25,26; en contraposición a “bueno y fiel”), luego “inútil” (25,30). Los tres calificativos lo señalan como uno que ha fracaso totalmente su misión y su misma identidad de servidor.

Esto nos remite al Sermón de la Montaña: este siervo se comportó como una persona insensible ante la esencia del discipulado, ya que “escondió” la lámpara debajo del celemín (5,15). El bien recibido era para ponerlo en función de los demás.

La incompetencia (“siervo malo”) no puede ser mayor: si él sabía cómo era el patrón, con mayor razón debía actuar. Es incompetente precisamente por su desidia, por no proceder al menos por lo que ya sabe. El tercer siervo es un anti-modelo, el ejemplo perfecto de lo que no se debe hacer. ¿Cómo es que el siervo “sabiendo” cómo es su Señor cometa un error tan trágico? Si no se sentía buen negociante, al menos había otras alternativas, él tenía autoridad para entregar el dinero a los banqueros, para que ellos ganaran los intereses (25,27); también esto “lo sabía”.

El castigo: “Echadle a las tinieblas de fuera” (25,30). Es la ruptura definitiva de la relación, no es admitido en la comunión íntima de vida con su señor: puesto que se ha mantenido a distancia del patrón, ahora el patrón toma distancia de él. Dos imágenes lo expresan:

Las “tinieblas” (oscuridad total) aluden a un espacio donde no hay alegría sino “llanto”, infelicidad, pérdida de la visión de futuro.

  • El “rechinar de dientes”, alude a la rabia y al sentimiento de fracaso (ver 8,12), es la desesperación de quien se ha provocado a sí mismo una existencia miserable e insoportable.

El siervo no logra el destino para cual había sido llamado, queda excluido de la comunión con Dios, de la luz y del calor de su presencia.

En fin…

La parábola nos devuelve a nuestra realidad actual: ¿Qué estamos haciendo? Jesús nos enseña que la manera de esperar su venida es trabajando, con sentido de pertenencia, haciendo en todo momento lo que él haría en nuestro lugar, incrementando lo recibido y pensando siempre en función de los demás.

Todo este “actuar” en el mundo debe basado en la confianza en Dios. Dios no es un déspota ni un patrón avaro, es ternura y bondad. Piensa en el bien de todos sus hijos y da a cada uno según sus capacidades. El más grande de los bienes es su propio Hijo: en Él nos entregó un tesoro vivo que no puede ser escondido. Es así como un discípulo no puede permitirse esconder la lámpara hacerla brillar para bien y provecho de todos.

Releamos el Evangelio con un Padre de la Iglesia

El Padre de la Iglesia Orígenes, le hace eco al evangelio con la exhortación: “Pon a rendir el tesoro de la Palabra de Dios”.

El justo siembra para el espíritu, y del Espíritu cosechará vida eterna

Mi impresión, a propósito del presente pasaje, es ésta: que el justo siembra para el espíritu, y del Espíritu cosechará vida eterna. En realidad, todo lo que «otro», es decir, el hombre justo, siembra y recoge para la vida eterna, lo cosecha Dios, pues el justo es posesión de Dios, que siega donde no siembra, sino el justo.

Lógicamente diremos también que el justo reparte limosna a los pobres y que el Señor recoge en sus graneros todo lo que el justo ha repartido en limosnas a los pobres. Segando lo que no sembró y recogiendo lo que no esparció, considera y estima como ofrecido a sí mismo todo lo que se sembró o se esparció en los fieles pobres, diciendo a los que hicieron el bien al prójimo: Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo, porque tuve hambre y me disteis de comer, etc. Y porque quiere segar donde no sembró y recoger donde no esparció, al no encontrar nada dirá a los que no le dieron la oportunidad de segar y recoger: Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado por el Padre para el diablo y sus ángeles, porque tuve hambre y no me disteis de comer, etc. Porque realmente es duro, como dice Mateo, o austero, según la expresión de Lucas, pero sólo para los que abusan de la misericordia de Dios por propia negligencia y no para su conversión, como dice el Apóstol: Fíjate en la bondad y en la severidad de Dios; para los que cayeron, severidad; para ti, su bondad, con tal que no te salgas de su bondad.

Pues para el que piensa que Dios es bueno, seguro de conseguir su perdón si se convierte a él, para él Dios es bueno. Pero para el que considera que Dios es bueno, hasta el punto de no preocuparse de los pecados de los pecadores, para ese Dios no es bueno, sino exigente. Pues Dios arde en ira contra los pecados de los hombres que le desprecian. Sin embargo, para que no dé la impresión de que Cristo siega lo que no hemos sembrado y recoge lo que no hemos esparcido, sembremos para el espíritu y esparzamos en los pobres, y no escondamos el talento de Dios en la tierra.

Porque no es buena esa clase de temor ni nos libra de aquellas tinieblas exteriores, si fuéremos condenados como empleados negligentes y holgazanes. Negligentes, porque no hemos hecho uso de la acendrada moneda de las palabras del Señor, con las cuales hubiéramos podido negociar y regatear el mensaje cristiano, y adquirir los más profundos misterios de la bondad de Dios. Holgazanes, porque no hemos traficado con la palabra de Dios la salvación, nuestra o la de los demás, cuando hubiéramos debido depositar el dinero de nuestro Señor, es decir, sus palabras, en el banco de los oyentes, que, como banqueros, todo lo examinan, todo lo someten a prueba, para quedarse con el dogma bueno y verdadero, rechazando el malo y falso, de suerte que cuando vuelva el Señor pueda recibir la palabra que nosotros hemos encomendado a otros con los intereses y, por añadidura, con los frutos producidos por quienes de nosotros recibieron la palabra. Pues toda moneda, esto es, toda palabra que lleva grabada la impronta real de Dios y la imagen de su Verbo, es legítima.

Orígenes, Comentario sobre el evangelio de san Mateo (68-69: PG 13,1709-1710)

Proponemos también este otro texto, que proviene de San Agustín, que ilumina la primera lectura (el poema de la mujer fuerte). Él propone ver a la Iglesia como esa mujer fuerte.

Miren hacia aquella de quien son  miembros. Miren aquella de quien son hijos. ‘¿Quién encontrará una mujer fuerte?’ (Prov 31, 10)…

 La manera de preguntar sugiere que hubo alguien, por lo menos uno, que la encontró.

 …Por lo tanto, sea descrita, alabada, recomendada y amada por todos nosotros como madre, pues es esposa de un solo marido.

 ‘¿Quién encontrará una mujer fuerte?… Superior al de las piedras preciosas es su valor’ (Prov 31, 10). No se admira el hecho de que esta mujer sea más preciosa que las piedras preciosas. Si consideran las avaricias humanas y entienden piedras preciosas en su sentido propio, ¡no es una gran cosa decir que la Iglesia es más preciosa que cualquiera de esas piedras! No hay término de comparación. Con todo, en ella hay piedras preciosas. Y de tal forma preciosas que son llamadas ‘vivas” (1 Pe 2, 4. 5).

 En la Iglesia, entonces, hay piedras preciosas, pero ella misma es aún más preciosa (…). Cualquier piedra que no esté entre los adornos de esta mujer, yace en las tinieblas. Donde quiera que esté, está en las tinieblas, porque era necesario que permaneciera entre los ornamentos de esta mujer, estar en compañía de sus otros adornos.

 Me atrevo a decirles: las piedras se llaman preciosas porque son caras: quien no tiene caridad se volvió vil, ¡perdió el precio!”.

(San Agustín, Sermón 37, 2. 3)

Para cultivar la semilla de la Palabra en la vida cotidiana:

 ¿Qué idea del Señor tienen los dos siervos buenos y qué idea tiene el siervo malo?

  1. ¿Qué imagen de Dios tengo y cómo veo mi relación de dependencia (señorío de Dios / mi servicio) con él?
  2. ¿Qué dones me ha dado Dios? ¿Consigo verlos y reconocerlos con gratitud? Por ejemplo: ¿Qué me ha dado en este día?
  3. ¿Cuáles son los dones más grandes e importantes para mí? ¿Qué es lo que más aspiro?
  4. ¿Cómo utilizo los dones recibidos? ¿Qué quiere Dios hacer con los demás a través de mí? ¿A quién quiere ayudar a través de mí?
  5. ¿Soy consciente de los talentos que el Señor ha puesto en mis manos?
  6. ¿Qué estoy haciendo para desarrollarlos?
  7. ¿Qué he hecho con la Palabra que el Señor me ha regalado durante este mes diariamente?
  8. ¿Con que frutos me presento hoy ante el Señor?
  9. Fidel Oñoro, cjm

 Anexo 1

 Sobre las otras lecturas del Domingo

 La liturgia nos invita hoy a leer la parábola de los talentos que nos interroga: ¿Qué has hecho con los talentos que te di?

El texto nos da algunas pistas para que podamos responder de manera ponderada y consciente:

Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo 25, 14-30

(1) La parábola nos recuerda que somos “siervos” del Señor. Aunque somos libres nuestra vida depende de él y está en función de él. Estamos vinculados al Señor de muchas formas y nuestras capacidades vienen siempre de él.

(2) Cada uno ha recibido un don según su capacidad. No debemos compararnos con los otros, más bien debemos valorar lo que hemos recibido y ser responsables con ello.

(3) Nuestra tarea, nuestro ser “siervos”, es dar fruto abundante.  El siervo bueno y fiel es el que trabaja por los intereses de su Señor. El siervo malvado e inepto, rechaza el servicio y no actúa según la voluntad de su patrón.

(4) Cuando se trabaja en las cosas del Señor, en el propio corazón y hacia fuera en los diversos compromisos con los hermanos, se vive en el gozo del Señor.  No olvidemos que Él nos ha llamado para la plena felicidad.

(5) El tiempo vale mucho. No podemos desperdiciar nuestra vida, con todos sus dones. El Señor nos pedirá cuenta de todo lo que nos dio. Nuestra tarea es desarrollar nuestras capacidades y todos los talentos que pone en nuestras manos en función del proyecto para el cual fuimos creados.

No lo olvidemos. La vida se nos ha dado no como absoluta propiedad, sino como un tesoro que administrar y del que tendremos que dar cuenta al Señor.

  Sumario: El Evangelio nos vuelve a poner ante la perspectiva de la Venida final del Señor, para ello nos cuenta la parábola de los talentos (o de los servidores diligentes o perezosos) llamando la atención sobre nuestra capacidad de responder o no a la confianza dada por el Señor. En el libro de los Proverbios se nos propone la figura de una mujer diligente, imagen de quien sabe desarrollar su talento y se ocupa del bien de los suyos (Primer lectura). Pablo, también ante la perspectiva de la Venida del Día del Señor, nos ayuda a ver las dos caras de la moneda: ¿vivimos como hijo de la luz o como hijos de la oscuridad? (Segunda lectura).

Primera lectura: Proverbios 31, 10-13. 19-20. 30-31

Estamos en el último capítulo del libro de los Proverbios, en él se presenta el retrato de una mujer que hace fructificar sus talentos, se trata de la mujer ideal: “¿Quién encontrará a una mujer ideal?” (v.10; así traduce la Biblia de Jerusalén).

El libro de los Proverbios fue construido como una colección de piezas de diversa procedencia y de distintas épocas. El cuadro de “la mujer ideal” (Prov 31, 10-31) es una unidad de 22 versículos, cada uno de ellos encabezado por una de las 22 letras del Alfabeto (o Alefato) hebreo y en su orden, es decir, es un “poema alfabético” (tenemos algunos Salmos que funcionan igual). En la liturgia de hoy, y seguramente por razones prácticas, nos invitan a leer apenas algunos extractos: tres pequeños bloques.

Comencemos por el final: “La mujer que respeta (teme) a Yahvé es digna de alabanza” (v.30). El respeto o temor del Señor corresponde a un sentimiento de admiración que proviene de la conciencia del sentiré amado por éste Dios de la Alianza. El verdadero “temor”, ahora en sentido negativo, sería el de no responderle de forma adecuada a su amor.

Los biblistas nos han hecho caer en cuenta que esta mujer es la personificación de la Sabiduría (recordemos la primera lectura del domingo pasado). Lo que los autores de los libros sapienciales buscaban era mostrar el valor de pensamiento moral y religioso inspirado por la Palabra de Dios, de cara a los valores (o antivalores) que proponían los filósofos extranjeros, que estaban boga en ese tiempo (nos referimos al siglo II aC). Pues bien, los verdaderos valores se presentan aquí encarnados en una mujer.

Con relación al resto del texto, es importante recordar que estamos en un contexto social y cultural que no coincide con el actual: el texto de Proverbios se sitúa en una civilización agraria en el que la mujer es vista básicamente como dedicada al hogar. Podríamos preguntarnos si tiene valor para hoy.

Pues bien, los textos hay que leerlos en su contexto. Hay valores en el texto que hay que subrayar en primer lugar: le da a la mujer plena autonomía en su campo de acción, trata de liberar a la mujer de la tendencia a reducirla a un “artículo de belleza” que puede ser “usado”, la pone a la par del varón en la construcción de la sociedad.

No se puede negar que en el libro de los Proverbios hay también algunas referencias a la mujer que son negativas, en ellas pareciera influir una lectura de Gn 3 (la mujer como la que arrastra al hombre al pecado), además del contexto de las antiguas culturas (y no sólo la israelita) en que la mujer aparece como una sierva sometida al marido. Sin embargo, en este poema de Prov 31, que concluye el libro, hay una nueva luz que parece corregir las impresiones anteriores: el sabio inspirado se coloca mas bien en la línea positiva de Gn 2 para contemplar a la mujer en su cualidad de esposa y de madre, con plena responsabilidad por su casa y en complementariedad –no subordinación- al conyugue.

Leamos el texto. En el v.1ª esta mujer es calificada literalmente de “mujer fuerte” (eshet-chayil, en hebreo; mulierem fortem, en la vulgata): “¿Quién puede encontrar a una mujer fuerte?”. Este calificativo se refiere a la competencia y el dinamismo de la mujer. Es lo que se describe enseguida.

  • Está atenta a los detalles, siempre con sentido de lo concreto.
  • Es acogedora de los valores espirituales, con los cuales tiene una afinidad especial, y sabe sugerírselos al hombre.
  • Es una persona feliz a medida que genera felicidad a su alrededor.
  • Es cuidadosa con el que sufre y atenta con quien es frágil o está amenazado.
  • Invierte su tiempo en convertirse en fuente de vida, de salvación, de las alegrías sencillas de cada día.

Ahí queda el texto para que hagamos una buena Lectio.

Salmo 128 (127 en la liturgia)

Este Salmo hace parte del conjunto de los 15 Salmos llamados “de las Subidas” (el cancionero del peregrino), los cuales cantaban los peregrinos en la recta final de su subida a Jerusalén. El Salmo es orado hoy en los matrimonios, tanto judíos como cristianos, por su comprensión de la familia; en la liturgia de hoy oramos con él porque ayuda a prolongar la primera lectura, ya que pone en primer plano: la mujer como imagen la Sabiduría y el temor de Dios.

El Salmo comienza con una bienaventuranza, “Felices los que temen a Yahvé” (v.1), abarcando una estrofa completa hasta el v.3.

La última estrofa es una bendición: “Será bendecido… Bendígate Yahvé…” (v.4-6). Como respuesta a una vida trazada sobre los caminos del Señor, se derrama la bendición sobre la familia: los padres de familia llegarán a la ancianidad, verán sus nietos y futuro promisorio para la comunidad entera.

Los invito a orar con este Salmo precioso de la familia como lugar de la bendición divina, yendo ahora al Anexo 2.

Segunda lectura: 1 Tesalonicenses 5, 1-6

El domingo pasado vimos cómo la perspectiva de la Venida del Señor generó agitaciones en la comunidad de Tesalónica por el asunto de qué pasaría con los que ya habían muerto –en calidad de creyentes- durante la espera. En ese pasaje Pablo deja entrever de todas maneras, aunque después modificará su punto de vista, que él cree que es inminente, que ocurriría de un momento a otro dentro de esa misma generación, si bien –y lo deja muy claro- admite ignorar la fecha. Pues bien, esto tiene consecuencias.

¿Qué es el “Día del Señor”?

Esta vez Pablo usa un término que tiene un gran contenido, él escribe: “Sabéis perfectamente que el Día del Señor ha de venir como…” (v.2). El “Día del Señor” es una expresión que proviene del Antiguo Testamento, particularmente de los profetas, se trata del día de la manifestación de Dios en el cual interviene poderosamente para juzgar a los injustos y salvar a los justos; es el día de la justicia de Dios y como tal está en la cumbre de la historia. Día de “esperanza de salvación”(v.8-9) para unos o amenazante para otros (v.3).

Los cristianos de los orígenes lo asociaron con el Día en que Jesucristo vendrá en su gloria. [Por eso, y vale la pena recordar esto, el día de la Resurrección de Jesús fue llamado el “día Señorial”, de la Palabra “Domingo” (cf. Ap 1, 10): un referencia al Señor resucitado, cuya venida celebra, prepara, figura, espera y anticipa].

Al comienzo de la 1ª Tesalonicenses ya Pablo había tocado el tema: “Y cómo esperáis así a su Hijo Jesús, que ha de venir de los cielos, a quien resucitó de entre los muertos y que nos salva de ira venidera” (1, 10).

A esta inquietud por la espera también hacen referencia los Evangelios, los cuales nos transmiten la respuesta de Jesús.

¿Cómo responde Pablo a la inquietud de la comunidad?

En una gran sintonía con la enseñanza de Jesús.

En primer lugar, dice que, puesto que vendrá de sorpresa, es inútil tratar de buscar la fecha (“no tenéis necesidad de que os escriba… Sabéis perfectamente que…”, v.1-2a), ya que es “como la llegada de un ladrón en la noche” (v.2b).

En segundo lugar, dice que esto implica de nuestra parte el ejercicio de una “vigilancia” activa: “Velemos y seamos sobrios” (v.6). Para explicarla apela a las imágenes sugerentes y contrapuestas de Luz/oscuridad, Día/noche.

¿Cómo se ejerce esta vigilancia?

El cristiano vive su cotidianidad como alguien está en vela en medio de la noche.

El uso de imágenes contrapuestas como “luz” y “oscuridad” tiene una connotación bautismal. Alude al proceso de conversión a Jesús, el cual supone un antes y un después a partir de una experiencia en la que se ha renacido, por eso es “hijo de la luz e hijo del día” (v.5). Es una referencia a la nueva identidad cristiana. Al respecto leemos en Efesios 5, 8: “En otro tiempo fuisteis tinieblas; pero ahora sois luz en el Señor”. Pues bien, nuestro pasaje de Tesalonicenses, mucho más antiguo que el de Efesios, va en esa dirección. Una vez más Pablo centra la atención en lo esencial: el misterio Pascual, del cual participa ahora el creyente. La “luz” indica precisamente ese camino de santidad o vida en Jesús que lo distingue a uno de otros (v.5-8; ver el v.11: el “buen ejemplo”).

Esta nueva vida toma forma en la tríada teologal de la fe, la esperanza y la caridad (v.8). La santidad es esa vida teologal que, por cierto, se había propuesto en el punto de partida de la carta (cf. 1 Ts 1, 3).

Pues bien, esta es la manera concreta como se ejerce la vigilancia en la espera del Señor.

Anexo 2

Oremos con un Salmo

Salmo 127:

Un álbum de familia que brilla a la luz de la bendición de Dios

Este domingo, la liturgia nos invita a orar con un Salmo fulgurante, lleno de paz, de alegría y de luz. En el horizonte se asoma la certeza de la presencia de Yahvé junto a aquel que se compromete con Él.

En el gran colorido de las imágenes vemos cómo el orante escruta las raíces de la realidad humana del amor, de la vida familiar, del trabajo, tratando de descubrir en ellas los signos del amor de Dios y de la bendición.

Este Salmo quizás no nos sea desconocido. Se canta en la bendición de la mesa: “como brotes de olivo”. Es orado con frecuencia en las celebraciones matrimoniales, tanto judías como cristianas. También se cita en la “ketubbah”, que es el contrato matrimonial hebreo.

Cada vez que lo oramos revivimos el sueño de una familia feliz, integrada, donde todos trabajan, se integran en la mesa, realizan su proyecto de vida y comparten largamente viendo a sus sucesivas generaciones.

Leámoslo:

1¡Dichoso el que  teme  a Yahveh y camina por sus senderos!

2Del trabajo de tus manos comerás, ¡dichoso tú, que todo te irá bien!

 3Tu esposa será como vid fecunda en la intimidad de tu casa.

Tus hijos, como brotes de olivo en torno a tu mesa.

 4Miren cómo es bendito el hombre que teme a Yahveh.

5¡Te bendiga Yahveh desde Sión!

¡Que veas en ventura a Jerusalén todos los días de tu vida!

6¡Que veas a los hijos de tus hijos!

¡Paz a Israel!”

Entremos en el movimiento oracional que inspira el Salmo.

Notemos en primer lugar, cómo una bendición va recorriendo de punta a punta esta oración de sólo 45 palabras (en hebreo). Ésta se materializa en imágenes muy dicientes de fecundidad familiar. ¡La bendición se hace tangible!

Contemplando el amor de Dios que se derrama sobre aquél que “teme al Señor”, todo el Salmo se desarrolla en el arco de bienaventuranzas y bendiciones; la felicidad y la bendición son dos aspectos que se derivan del amor de Dios. Por eso se puede dividir en dos partes.

(1) La bienaventuranza (vv.1-3).

(2) La bendición (vv.4-6).

Se termina con una brevísima despedida en forma de augurio para todo el pueblo: “¡Paz a Israel!”.

Si afinamos un poco más la atención, notaremos que el poeta comienza cada una de las partes del Salmo con una declaración general en tercera persona singular, centrado en el tema del “temor de Yahvé”, y luego se dirige  al “tú” del orante para declarar los efectos específicos del amor de Dios sobre él y su familia:

(1) Comienza con un “él” (tercera persona singular): “Dichoso el que teme”; y sigue con una lista de “” (segunda persona singular): “”, “tu esposa” y “tus hijos”.

(2) Comienza con un “él”: “El hombre que teme a Yahvé es bendito”; y sigue con una lista de “”: “te bendiga”, “tu vida”, “tus hijos”.

Este esquema hace pensar en una liturgia dinámica en la que alterna la voz de un solista (que hace las declaraciones generales) con un coro (quizás un coro sacerdotal que anuncia las bienaventuranzas y las bendiciones).

Primera parte: La bienaventuranza

Es como un idilio. Reposa en la contemplación de la felicidad que emerge de la naturaza verde. En cada línea se va desplegando un vocabulario de felicidad.

El Salmo se abre con la imagen de un caminante. Enseguida nos asomamos a la intimidad de una casa. Es como si un beduino que habiendo andado a la intemperie, maltratado por la naturaleza inhóspita, en la aridez del camino, de repente entrara en su casa y sintiera toda la paz, la frescura y la fuerza restauradora de vida que proviene de ella.

La figura de este caminante es la de una persona que honestamente se ha esforzado por conducir una vida en los “caminos” del Señor. Seguramente no ha sido fácil, pero tiene la certeza de que “el temor de Yahvé es el principio de la sabiduría” (Proverbios 1,7). Su temor-amor a Dios han animado su vida interior. Enseguida esto se reflejará en una inmensa felicidad.

Valga aclarar que la expresión “temor del Señor” no es propiamente miedo. Más que un sentimiento de terror frente a un Dios lejano e implacable, es ante todo el signo de una actitud global con la cual se vive la relación con Él: la conciencia de la justicia de Dios, pero también de su paternidad. El “que teme” (imagen vertical) es uno que ama y se dedica gustosamente a los asuntos del Señor, recorriendo “sus caminos” (imagen horizontal que describe las opciones éticas), esto es, ajustando su vida a la Ley del Señor.

La primera línea del Salmo proclama con fuerza que “quienquiera que tema a Yahvé” y “recorra sus caminos” (dos dimensiones inseparables), es feliz: “¡Dichoso!”.

Quien adhiere al Señor, entonces, puede ver los resultados en su vida: la inmensa felicidad que envuelve su ser entero: “¡Todo te saldrá bien!”. Esto se constata en los beneficios con los cuales Dios lo colma; todos ellos son signos de calidad de vida en esta tierra.

El retrato del hombre feliz se basa en imágenes a la vez domésticas y agrarias, cada una en tres elementos:

(1) Vida laboral: En el trabajo,/ él mismo / podrá comer de lo que ha plantado.

(2) Vida conyugal: En la casa,/ su esposa / como una viña generosa.

(3) Vida paterno-filial: Alrededor de la mesa,/ los hijos / como ramos de olivos.

Vemos en primer lugar la mano fuerte del trabajador, específicamente del campesino: “Del trabajo de tus manos comerás”. En la imagen parece invertirse la “maldición” de Génesis 3,17 sobre la fatiga del trabajador, y las frases bíblicas sobre lo vacío que es el esfuerzo del malvado, como dice Amós 5,11:

Ya que vosotros pisoteáis al débil…

casas de sillares habéis construido, pero no las habitaréis;

viñas selectas habéis plantado pero no beberéis su vino”.

 

Por el contrario, él es “dichoso” porque puede constatar la altísima productividad de sus esfuerzos, los beneficios para él y para todos, llevando a cabo –de esta manera– el desarrollo y el crecimiento para el cual fue creado (ver Gn 2).

La felicidad del justo no queda en los límites de su individualidad, sino que expande dentro de su familia. De repente vemos el retrato de una familia ideal en su deliciosa intimidad.

Como vid fecunda en la intimidad de la casa”. Como una vid cargada de racimos, la esposa aparece radiante de frescura, seductora, tierna y sobre todo fecunda: por medio de ella se prolonga el caudal de la vida en la historia. La vemos en su función exquisitamente “materna”: toda la “casa” parece brotar de la raíz misma de su existencia. La mujer representa lo “íntimo”, la circulación del amor en lo secreto, espacio de acogida profunda.

Como brotes de olivo en torno a tu mesa”. Las dimensiones del espacio familiar quedan ahora completas: de lo interno (representado en la madre) se pasa al perímetro de una amplia mesa de familia. Vemos una mesa beduina –en realidad una gran lona de cuero de vaca- extendida sobre el suelo y a toda la familia recostada entorno a ella como una hermosa corona de frutos de vida. La mesa acoge e integra a la familia y a los huéspedes, es el área más profunda de la comunión en la casa.

Un horizonte de esperanza se vislumbra en esta estampa de la mesa familiar: los hijos son sanos y vigorosos, son como los retoños que se asoman por todas partes en un frondoso árbol de olivo, como una promesa de vida que extenderá en sucesivas generaciones el calor, la hermosura y la riqueza de esta comunión. Un preciso futuro se augura, así como el del árbol de olivo que sobrevivió al diluvio (Génesis 8,11).

 Segunda parte: la bendición

Se recomienza ahora como en la primera vez (ver el v.1), llamando la atención sobre “el que teme al Señor”: “Miren cómo es bendito el hombre que teme a Yahveh”.

 

Lo anterior no parece haber sido suficiente, lo más importante todavía está por venir. Hay una insistencia: “¡Miren esto!”.

La “bendición” no es lo mismo que la “bienaventuranza”, si bien van de la mano. Como sucede frecuentemente en la Biblia, la bendición está unida a la fertilidad, al generar vida, a la capacidad de engendrar y por lo tanto de participar en la actividad del creador. Esto es lo que le sucede ahora al “justo”: no es una persona marginal con relación a su sociedad, él es torrente creador y transformador en medio de su pueblo. El compromiso con su entorno no puede ser mayor; con todo, la fuente es Dios.

Tres invocaciones sacerdotales (como la de Números 6,24-27) se pronuncian sobre el orante:

(1) “¡Que te bendiga Yahveh desde Sión!”. Una línea de continuidad se traza entre la “intimidad de la casa” y “Sión”. Sión aparece como una madre: es el centro generador de la bendición, ella genera la comunidad de Israel (“De Sión se ha oído decir: Todos han nacido en ella y quien la funda es el propio Altísimo”, Salmo 87,5). El orante entra así en contacto profundo con la fuente de toda bendición y se redescubre a sí mismo dentro de una familia más amplia, la del pueblo de la Alianza.

(2) “¡Que veas en ventura a Jerusalén todos los días de tu vida!”. De repente, del nombre sacro “Sión” se pasa al civil “Jerusalén”. Aparece la imagen del tejido urbano envuelto en su cinto amurallado. La presencia de Dios en el Templo se difunde como una fuente que trae bienestar, felicidad y paz sobre todo el pueblo. La prosperidad envuelve el arco entero de su existencia.

(3) “¡Que veas a los hijos de tus hijos!”. La bendición que se expande a lo largo y ancho de todo el pueblo, representado en el tejido urbano que crece en armonía, es también como un río de vida que corre de generación en generación. Llegar a viejos, rodeados de una familia numerosa es considerada como un gran honor; pero la mayor alegría (“ver” es “gozar”) es poder sostener entre los brazos a los nietos, contemplando en ellos el gran alcance de una bendición que se sigue hundiendo en los espacios inexplorados de la historia venidera. ¡Este es el mayor de todos los gozos!

Con el envío final, “¡Paz a Israel!”, la bendición toma la forma del “Shalom” bíblico, teniendo así un gran alcance social: la bendición para uno es para todo el pueblo y, viceversa, la bendición para el pueblo de la Alianza debe llegar a cada uno en particular. Debe convertirse en prosperidad, salud corporal y espiritual, alegría de la vida, junto con todos, en unión de la comunidad.

San Agustín nos indicó una ruta para releer este Salmo desde la fe cristiana, dice él: “El Salmo se refiere a Cristo, la esposa es la Iglesia que él mismo ha hecho fértil como una vid… Y la Iglesia nos genera cada día a través del bautismo” (PL 37, 1684-1685). Esto no contradice la otra lectura, digamos “menos espiritual”, que se atrevió a proponer san Juan Crisóstomo, quien observaba en este Salmo cómo el amor humano es el punto de partida para descubrir el amor perfecto de Dios: “El placer grandísimo y dulcísimo de tener aquí una esposa e hijos” (PG 57,428). ¡El regalo de la familia es incomparable!

  1. Fidel Oñoro, cjm

A cada uno según su capacidad Mt 25,14-30

XXXIII – Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A

Pbro. Jesús Antonio Weisensee H.

Nuestro Dios es alguien que continuamente nos atrae hacia sí, para hacernos partícipes de su obra, haciéndonos protagonistas en su misión, implicándonos en la realización y manifestación de su proyecto de amor, de ahí que nos capacita para realizar la tarea que nos encomienda. En este sentido Él nos regala dones y talentos para que podamos vivir más plenamente su seguimiento, para que sintiendo su presencia en nosotros a su vez cada uno pueda ser instrumento suyo ante los demás. En esta perspectiva es que el don y el talento que Él nos regala no es solo para uno mismo, sino que siendo un don que nos ayuda a crecer y a unirnos más a Él, es a su vez una gracia para los demás, que crece y madura en la medida que uno es dócil a su acción y así vive la gracia que Él nos da, que en sí es don para los demás. Es por eso que los dones y talentos son misión y tarea que cada uno debe hacerlo fructificar en los demás.

Esta segunda parábola de Mateo 25, conocida como la parábola de los TALENTOS, nos hace tomar conciencia de la necesidad de vivir plenamente nuestra fe, de ponernos al servicio de los demás, dando todo de nosotros, buscando siempre el bien de los otros, colocando toda mi vida, todo lo que soy y todo lo que hago al servicio de los demás. Esto es lo que vemos en esos dos sirvientes que recibieron ya sea cinco o dos talentos que hicieron fructificar y así ganaron otros tantos de lo que habían recibido. Pero resulta sorprendente, que aquel que recibió un talento, que en sí no perdió nada, porque lo enterró, es recriminado y reprobado porque ni siquiera tuvo la iniciativa de colocar eso en el banco para tener intereses a la vuelta de su patrón. Es sorprendente ver como ese patrón exige de sus empleados, haciéndonos tomar conciencia de lo que implica para nosotros seguir al Señor y que eso debe ser manifestado por nuestra manera de ser y por nuestras actitudes, dando los frutos que el Señor quiere y espera de nosotros.

Esta parábola nos ayuda a mirarnos a nosotros mismos y darnos cuenta de lo que el Señor va haciendo en nosotros, pero esto a su vez nos hace darnos cuenta, que aquello que el Señor nos regala, es para que produzcamos frutos y ese fruto lo debemos exteriorizar en actitudes y gestos concretos que expresen aquello que creemos, de tal manera que nuestra adhesión al Señor se vuelva disposición y actitudes de vida, que sean manifestación y expresión de todo lo que creemos, dando a conocer nuestra fe, con nuestra manera de ser.

Profundicemos este pasaje que nos interpela y nos cuestiona respecto de la actitud y disposición que tenemos en la vida y sobre los frutos que estamos produciendo con los dones y talentos que el Señor nos ha regalado. Que esto nos ayude a sincerarnos y así darnos cuenta de qué manera estamos viviendo nuestra adhesión al Señor.

Oración Inicial

Pidámosle al Señor que nos dé su gracia para reconocer lo que Él nos da y así colocar toda nuestra vida al servicio de los demás.

Señor Dios nuestro a cada uno nos has regalado tu Espíritu Santo, dándonos en Él y por Él, el don por excelencia, y así has distribuido tus dones y talentos según tu voluntad y tu gratuidad, ahora nos haces tomar conciencia, que lo que Tú nos das no es para guardarlo, sino para compartirlo y enriquecer a los otros, con lo que Tú nos has dado; te pedimos que al reflexionar esta parábola tomemos conciencia que la fe es para compartirla, que tus dones son para los demás, que lo que Tú nos das, no lo podemos ocultar, sino que debemos dar frutos de buenas obras.

Señor, te pedimos que derrames sobre nosotros, tu gracia y nos ayudes a tomar conciencia de los dones y talentos que nos has dado y así coloquemos toda nuestra vida al servicio de los que Tú nos das, siendo presencia tuya para todos los que nos rodean. Amén.

Lectura: El Señor nos habla

Profundicemos este pasaje que nos muestra la actitud y la disposición que debemos tener en nuestra vida de fe, con los dones y talentos que el Señor nos ha regalado.

Leamos nuevamente el pasaje de Mt 25,13-30.

Tener en cuenta la actitud y la disposición de cada uno de los servidores y la del patrón, los criterios que han tenido tanto para actuar como para premiar y lo que eso implica para nuestra vida.

Meditación: Buscando el mensaje y la actualidad

Profundicemos el sentido que tiene esta parábola para nuestra vida, y veamos a qué nos compromete.

  1. ¿Qué me llama la atención de esta parábola?, ¿qué le dice a mi vida de fe?, ¿a qué me compromete?, ¿por qué y de qué manera?
  2. ¿Qué refleja y qué manifiesta la actitud de los dos primeros siervos, que han recibido un don y que lo han hecho fructificar?, ¿qué necesitamos nosotros para actuar así como lo hicieron ellos?, ¿cómo, cuándo y en qué uno debe producir frutos?
  3. ¿Qué indica la actitud del siervo que recibió un solo talento y que lo ocultó y que no hizo fructificar?, ¿en qué circunstancias uno actúa de la misma manera?
  4. ¿A qué se refiere cuando dice: “…al que tiene se le dará y tendrá en abundancia, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene…” (Mt 25,29)
  5. ¿Qué mensaje nos deja esta parábola, para nosotros que buscamos vivir nuestra fe?, ¿a qué nos compromete?

 

Dejándonos iluminar por el amor de Dios…

 

Sincerémonos y veamos qué estamos haciendo con los dones que el Señor nos ha regalado.

  1. ¿Soy conscientes de lo que soy, de mis dones y talentos? ¿Los valoro y agradezco a Dios por lo que Él me regaló y así por todo lo que soy y por todo lo que puedo hacer por Él en los demás?
  2. ¿Qué actitud tengo en la comunidad?, ¿soy de los que está pendiente de la necesidad de los demás para brindarle todo mi apoyo o soy de los que tengo tantas cosas para hacer que me olvido de mirar a mi alrededor, ignorando y descuidando a los que me necesitan?
  3. ¿Qué hago con los dones que el Señor me ha regalado?, ¿con mis virtudes y talentos? ¿De qué manera lo pongo al servicio de los demás?
  4. ¿Soy de los que salgo al encuentro del que necesita o soy de los que me tienen que pedir para colaborar? Mi actitud de servicio, ¿es espontánea y desinteresada o está debilitada por mi indiferencia?
  5. ¿En qué circunstancias actúo como ese que enterró su talento y no doy los frutos que el patrón esperaba? ¿En alguna circunstancia especial, yo me omito, me hago del desentendido, hago la vista gorda y así dejo que producir los frutos que el Señor espera de mí?
  6. Si coloco mi mano en el corazón, ¿siento que estoy produciendo todos los frutos que el Señor quiere y espera de mí?, ¿podría dar algo más para que la comunidad sea aún más presencia de Dios para los demás? Concretamente, ¿qué?

 

Señor Jesús, perdón por todas las veces que oculté mi talento, que enterré mi virtud, que escondí mi capacidad, que me acomodé y no quise ayudar.

Perdón, por las veces, que me quedé en el molde, que fui incapaz de salir al encuentro del otro, que no quise sacrificarme, que me negué a mí mismo, que rechacé la ocasión de encontrarte en el otro, que me encerré en mi egoísmo que diluí tu amor en mi pereza, que no fui capaz de actuar como Tú, que fui mezquino y tacaño con mi tiempo y los dones que Tú me diste.

Perdón, por haber enterrado mi vida y solo haber pensado en mí sin importarme al que tenía a mi lado.

Perdón, por solo mirarme a mí mismo y lamentarme de lo mucho que tenía siendo incapaz de condolerme con el que tenía junto a mí.

Perdóname, pero dame la gracia de producir los frutos que esperas de mí, ayúdame a tener la gratuidad de amar desinteresadamente, dándome por completo como lo hiciste Tú, hasta amar hasta el final, como Tú. Amén.

Contemplación

Habiendo visto lo que el Señor nos propone en su Palabra y después de haberlo reflexionado y aplicado a nuestra vida, busquemos ahora abrirle el corazón al Señor y pedirle su ayuda para poder vivir esto que Él nos pide y nos propone.

Señor Jesús, Tú has venido a mostrarnos que el amor de Dios hacia nosotros no solo repercute en nuestra vida, sino que eso también afecta a los que nos rodean, haciendo de cada uno de nosotros tus instrumentos para que otros te conozcan y así experimenten el amor que Tú nos tienes. De esa forma Señor, nos haces ver que a todos y a cada uno de nosotros nos regalas tus dones y tus talentos, para que así podamos sentir tu presencia en nosotros y de esa manera manifestar a los que nos rodean tu gracia y tu bondad. De ahí que los dones que nos regalas aunque en primer lugar son para ayudarnos a crecer espiritualmente, sintiendo que Tú nos haces partícipes de tu vida, dándonos tus gracias para unirnos más a ti, también eso tiene repercusión en los que Tú nos colocas junto a nosotros. Así el don que nos das a cada uno de nosotros al final es también don para los que tenemos a nuestro lado, porque el don que nos das nos impulsa hacia los demás y enriquece a los que tenemos a nuestro lado. Así en esta parábola nos haces ver que Tú premias a los que hacen fructificar los talentos que Tú das y esto es causa de más frutos y retribuciones. Señor, te pedimos que en primer lugar nos hagas conscientes de lo que Tú nos regalas, que sepamos valorar aquello que es don y gracia tuya, para que así la hagamos fructificar en una entrega total e incondicional hacia los demás, de tal manera que nuestra vida sea presencia tuya para los que tenemos junto a nosotros. Danos Señor un corazón sensible a tus manifestaciones y haz que vivamos en actitud de servicio y entrega hacia los demás. Amén

Señor Jesús, en la parábola hemos visto que aquel que había recibido un talento, conociendo a su patrón, que era exigente y que pedía más de lo que había dado, tuvo miedo, y para asegurarse y no correr riesgo, enterró su talento, y cuando regresó el que le había dado, le devolvió lo que le dio, no perdió, pero tampoco ganó, y fue eso lo que generó el enojo de su patrón, pues no arriesgó ni invirtió lo que había recibido. Sabes Señor, muchas veces a uno le pasa lo mismo, ya sea por comodismo, por temor, por indiferencia, apatía o pereza, uno se cierra en sí mismo, se despreocupa de los demás, no dándose a los otros, buscando solo lo suyo, siendo insensible a las necesidades de los demás. Por eso Señor, perdón por las veces que he enterrado mi don, que me he encerrado en mi mismo, que no me he preocupado en brindarme a los demás, que dejé sin fructificar el don que me has dado, que no fui capaz de compartir y enriquecer a otros con lo que Tú me has dado. Te pido perdón, por no tomar conciencia de que el conocerte y seguirte a ti es un compromiso, para que otros a su vez viendo lo que Tú has hecho y haces en mí, puedan acercarse y seguirte a ti. Perdón, por las veces que vivo mi fe sin entusiasmo y con apatía, como por rutina y sin convicción, y de esa forma no contagio a los que me rodean, porque no ven en mí la alegría y el entusiasmo de seguirte. Perdón por enterrar el don que Tú me has dado y por no fructificarlo. Perdón, porque no soy consciente que el creer en ti debe repercutir en los demás y que mi vida debe ser presencia tuya para los demás. Perdón Señor. Perdón.

Señor, también nos haces ver que Tú te alegras con los que buscamos fructificar y producir los dones que Tú mismo nos das. Nos haces tomar conciencia que aquello que producimos hace que tengamos todavía más de lo que Tú nos das, porque tus cosas crecen y aumentan en la medida que la damos, en la medida que nos brindamos y nos entregamos a los que nos rodean. Por eso, Señor ayúdanos a ser conscientes que en tus cosas, no importa tener poco o mucho, si no que lo importante es siempre darnos con generosidad, con entrega y disponibilidad y que es esto lo que hace fructificar todo lo que Tú nos das. Por eso Señor, te pedimos que nos ayudes a ser conscientes que debemos colocarnos al servicio de todos los que nos rodean, dándonos y entregándonos totalmente, así como lo hiciste Tú. Amén

Oración

A la luz de esta parábola que es un compromiso y a su vez un estilo de vida, abramos el corazón pidiendo al Señor su ayuda para hacer vida las actitudes y disposiciones que Él nos presenta y espera de cada uno de nosotros.

Señor Jesús, Tú que nos pides dar frutos, ayúdanos a…

  • Señor, perdón por las veces que…
  • Señor Jesús, danos la gracia de vivir como Tú quieres y haz que…
  • Dios Espíritu Santo, ilumínanos, guíanos y llénanos de tu amor y haz que…

…a cada uno…

  • les dio de acuerdo a su capacidad…
  • nos da los dones que necesitamos para servir y amar…
  • nos capacita para la misión…
  • el Señor nos regaló sus dones para darlo a conocer…
  • el Señor nos llenó de su amor y de su bondad…
  • el Señor nos hace sus mensajeros por medio de su Palabra…
  • el Señor nos regala su presencia amorosa…
  • el Señor nos hace partícipes de tu misión…
  • el Señor nos da sus dones para darlos a los otros…
  • el Señor nos hace presencia suya para los demás…
  • el Señor nos implica en el anuncio del Evangelio…
  • el Señor nos pide que dar frutos…
  • el Señor nos pedirá dar cuentas de lo que hemos recibido…
  • el Señor nos recompensará de acuerdo a lo que vivimos…
  • el Señor premiará según nuestro esfuerzo y dedicación.

Perdón por las veces…

  • que me omití…
  • que ignoré tu voz en mi corazón…
  • que preferí cerrarme en mí mismo que buscarte en los demás…
  • que cerré mi corazón a los demás…
  • que guardé tu don solo para mi…
  • que utilicé tu don para buscarme a mí mismo y no a ti…
  • que tus talentos no los puse al servicio de los otros…
  • que me olvidé que Tú te sirves de mí para ayudar los otros…
  • que viví solo para mí…
  • que no te busqué en los demás…
  • que fui perezoso para servir y amar…
  • que me cansé de darme a los otros…
  • que mi fe en ti fue solo de apariencias y no de vida…
  • que no produje los frutos que esperabas de mi.

Actuar

Con sinceridad y apertura veamos cómo vamos a asumir esta enseñanza, para vivir como el Señor quiere y espera de nosotros.

  • ¿De qué manera, con qué actitudes y disposiciones puedo brindarme y darme a la comunidad, colocando mis talentos al servicio de los otros?
  • ¿Qué es aquello que tengo, que es un don y un talento que el Señor me ha dado que lo puedo colocar al servicio de toda la comunidad?
  • ¿Cómo, con qué, de qué manera puedo ayudar a los otros o a toda la comunidad con los talentos y dones que el Señor nos ha dado a cada uno?

Oración Final

Siendo conscientes del don que el Señor nos ha regalado, pidámosle su gracia para poner todos nuestros talentos al servicio de los demás.

Señor Jesús, nos dices:

…al que tiene se le dará y tendrá en abundancia…, te pedimos que derrames sobre nosotros, tu gracia para vivir nuestro seguimiento a ti, dándonos y entregándonos totalmente a los demás como lo hiciste Tú; ayúdanos Señor, a que como Tú amemos y amemos hasta el final, buscando en todo momento, colocar todo lo que somos y tenemos, todo lo que Tú nos has dado, para ayudar y servir a los otros.

Derrama Señor, tu gracia en nosotros, haciéndonos conscientes que hay más alegría en dar que en recibir, y que tus dones fructifican en la medida que nos damos y nos entregamos a los que nos rodean.

Ayúdanos Señor, a amar dándonos, a entregarnos siendo serviciales, a vivir la vida como una tarea, a buscar servir y amar como lo hiciste Tú siendo presencia visible de tu amor mostrando con nuestra manera de ser y de actuar que Tu eres nuestro Dios y Señor y que Tú actúas en y por nosotros. Amén.